Cómo llegué a la Gran Muralla (长城 – Chángchéng)
Era evidente que el último tramo de nuestro viaje me generara una enorme emoción, en primer lugar porque uno de mis anhelos desde hace un par de años era visitar China. Mi interés surge de conocer con una mirada cercana a su cultura, gastronomía, arte y arquitectura tradicional como esos techos curvos tan lindos que nos muestran en las películas y te trasladan por un instante hacia el pasado, sintiendo extrañeza por el solo hecho de ser diferente a lo que estás acostumbrado a tu alrededor.
Un plan no plan que se dio como un maravilloso regalo: llegamos a China con cansancio pero exponiendo nuestros sentidos a lo máximo, para captar cada imagen, cada sensación, en esta experiencia en Pekín. Sólo un día teníamos para explorar, al menos, los puntos que estuvieran a nuestro alcance para recorrer esta ciudad. Pero, ¿Por qué un día? Porque era una escala que teníamos antes de llegar a Tailandia.
Así pues, con un tiempo limitado visitamos un importante sitio turístico: la Ciudad Prohibida, conocida oficialmente como el Museo del Palacio, y luego otros puntos centrales en la ciudad. En el área de la Ciudad Prohibida se apreciaban, además de las grandes áreas verdes y por supuesto los lagos, esta gran construcción aún no abierta, en espera de la llegada de cientos y cientos de visitantes acalorados por la bochornosa y mística mañana que no tuvo piedad ni por ellos ni por nosotros. Aunque no tuvimos la oportunidad de entrar, el solo hecho de tener enfrente este complejo arquitectónico con sus techos tradicionales, y nosotros tres parados contemplando con ojos de asombro, hizo de este momento, un espectáculo estático pero muy peculiar.
Y aún más interesante para mi fue la vuelta de mi viaje, y la escala que haríamos en China nuevamente y la gran oportunidad que se presentó para conocer la Gran Muralla. ¡Ojo! Con esto no quiero hacer de menos mi fantástico y aventurero viaje a Tailandia, porque aún no encuentro con palabras la emoción que me revolcó al contemplar unos de los paisajes más hermosos que jamás haya visto; pero, por ahora, este momento lo dedico a mi recuerdo en China, porque tengo el deseo de grabarlo con estas palabras y así no olvidar mis suspiros y mi agradecimiento por tener la oportunidad de haber hecho este viaje junto con mi familia. En fin, ahora sigamos con este relativo corto paseo por China.
Aprovechamos para descansar un par de horas para agarrar fuerzas para la siguiente aventura antes de volver a nuestro destino final. Tiramos del último galoncito de energía que nos quedaba para aprovechar las horas que nos ofrecía aún ese día. Un hotel cálido y acogedor nos dio la bienvenida con un delicioso almuerzo. Las entradas y el pase al teleférico fueron arreglados por el dueño cantante del hotel; le digo ‘cantante’ porque no dejaba de cantar en nuestros traslados en auto.
Pues entonces, con mi miedo a las alturas, con ese miedo llamémoslo “La fobia”, que estoy trabajando desde un par de años atrás y que este mismo me ha hecho perderme de eventos y de compartir momentos lindos con mis seres queridos y ¿por qué no?, conmigo misma, decidí hacer una tregua con “la fobia”, para confrontarme y retarme a mí misma con la oportunidad que se me presentó.
Entonces caminando del hotel hacia lo que sería una interesante hazaña ( al menos para mi) en las calles de este pueblito, fui una más ahí: un simple ser humano esclavizado por su miedos, pero con la gran convicción de disfrutar con conciencia absoluta del aquí y de descifrar la estética del lugar, del espacio, del ambiente, del clima bochornoso y de los espectadores.
Ya en la entrada, en la parte de abajo, observé personas; serían tal vez visitantes, turistas, lugareños, vacacionistas, trabajadores, etc, que se mostraban cansados, que volvían de su caminata o de su encuentro arriba con una historia. con el paisaje o con una conexión con el pasado o qué sé yo, sólo sé que muy probablemente más de uno o mil pudo tener la oportunidad de contemplar con asombro esta gran muralla.
Por fin el momento esperado llegó. Tomé el teleférico y mientras subía de forma sutil, comencé primero a observar tímidamente la maravillosa vista de las montañas. Poco a poco y con más confianza, contemplé esas mismas montañas con diferentes tonalidades de verde: las cercanas parecían tener ese verde vivo y brillante con contraste oscuro, pero, mientras miraba más hacia el horizonte, las mismas perdían su color hasta difuminarse. De pronto apareció frente a mi la muralla a lo lejos…a lo lejos de mi ser, a una distancia que se percibía sumamente lejana pero; sin embargo, el solo hecho de mirar hacia ese punto, me transmitía, una energía, una sensación, una emoción de asombro como esas cosas que son bellas de forma innata o algo sublime que te hacen sentir admiración y al menos para mi una emoción amenazante por la gran altura.
Ya llegando afortunadamente a la parte alta, muy alta, tocando nuevamente piso , ví que no éramos una muchedumbre que caminaba hacia algún punto para contemplar la vista o tomarse fotos así nomás, sino que los visitantes se tomaban el tiempo para todo tipo de acciones: desde disfrutar de la convivencia con el otro, tomando una que otra foto -¡obviamente!- hasta perder su mirada en el horizonte. Lo increíble es que tuvimos la suerte de estar en el tiempo y momento precisos para presenciar tan imponente vista desde un puente lleno de historia y disfrutando el atardecer. Ahí fui yo: una fusión con la muralla, con el paisaje, con los otros, con el tiempo…




